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miércoles, 24 de abril de 2019

LA BARBARIE COTIDIANA DE LOS CRUZADOS. LAS CRUZADAS VISTAS POR LOS ÁRABES, de Amín Maalouf

LA BARBARIE COTIDIANA DE LOS CRUZADOS. LAS CRUZADAS VISTAS POR LOS ÁRABES, de Amín Maalouf

"...otros testimonios, recogidos a lo largo de sus frecuentes visitas al reino de Jerusalén. 

    Me hallaba en Tiberíades un día en que los frany celebraban una de sus fiestas. Los caballeros habían salido de la ciudad para practicar un juego de lanzas. Habían obligado a dos ancianas decrépitas a que los acompañaran y las habían colocado en un extremo del hipódromo mientras que, en el otro lado, había un cerdo colgado de una roca. Los caballeros habían organizado entonces una carrera entre ambas viejas. Cada una iba avanzando, escoltada por un grupo de caballeros que no las dejaban pasar. A cada paso que daban, se caían y volvían a levantarse, entre grandes carcajadas de los espectadores. Por fin, una de las viejas, la que había llegado la primera, se quedó con el cerdo como premio a su victoria. 

   A un emir tan culto y refinado como Usama no pueden gustarle esas bromas, pero su mohín condescendiente se convierte en mueca de asco cuando observa lo que es la justicia de los frany. 


    En Maplusa —cuenta— tuve ocasión de asistir a un curioso espectáculo. Dos hombres habían de enfrentarse en un combate singular. El motivo era el siguiente: unos bandoleros musulmanes habían invadido una aldea vecina y se sospechaba que un labrador les había servido de guía. Éste había huido, pero había tenido que volver en seguida pues el rey Foulques había encarcelado a sus hijos. «Trátame con equidad —le había pedido el labrador—, y permite que mida mis fuerzas con el que me ha acusado.» El rey le había dicho entonces al señor que había recibido la aldea en feudo: «Manda venir al adversario.» El señor había elegido a un herrero que trabajaba en la aldea, diciéndole: «Tú irás a batirte en duelo.» Lo que menos quería el dueño del feudo era que uno de sus campesinos muriera, por temor a que se resintieran sus cultivos. Vi, pues, a aquel herrero. Era un joven fuerte pero que, andando o sentado, siempre tenía que pedir algo de beber. En cuanto al acusado, era un anciano valeroso que chasqueaba los dedos en señal de desafío. El vizconde, gobernador de Nablus, se acercó, les dio a cada uno una lanza y un escudo y mandó que los espectadores hicieran corro a su alrededor. 


  Empezó la lucha —prosigue Usama—. El anciano empujaba al herrero hacia atrás, lo hacía retroceder hacia la muchedumbre y luego regresaba hacia el centro del corro. Se cruzaron unos golpes tan violentos que los rivales parecían no formar más que una única columna de sangre. El combate se alargó, a pesar de las exhortaciones del vizconde que quería acelerar el desenlace. «¡Más deprisa!», les gritaba. Por fin, el anciano quedó agotado y el herrero, aprovechando su experiencia en el manejo del martillo, le asestó un golpe que lo derribó y le hizo soltar la lanza. Luego, se puso en cuclillas sobre él para meterle los dedos por los ojos pero sin conseguirlo debido a los raudales de sangre que corrían. El herrero se levantó entonces y remató a su adversario de una lanzada. Inmediatamente después, ataron una cuerda al cuello del cadáver y lo arrastraron con ella hacia la horca donde lo colgaron. ¡Ved, con este ejemplo, lo que es la justicia de los frany! 


   Nada más natural que esta indignación del emir pues, para los árabes del siglo XII, la justicia era algo serio. Los jueces, los cadíes, eran unos personajes sumamente respetados que, antes de dictar sentencia, tenían la obligación de atenerse a unos procedimientos muy concretos que fija el Corán: requisitoria, defensa, testimonios. El «juicio de Dios» al que los occidentales recurren con frecuencia, les parece una farsa macabra. El duelo que describe el cronista no es sino una de las formas de ordalía, la prueba del fuego es otra, y también está el suplicio del agua que descubre Usama con horror: 


   Habían instalado una enorme cuba llena de agua. Al joven sospechoso, lo ataron, lo colgaron por los omóplatos de una cuerda y lo arrojaron a la cuba. Si era inocente, decían, se hundiría con el agua y lo sacarían tirando de esa cuerda. Si era culpable, no conseguiría hundirse en el agua. El desdichado, cuando lo echaron a la cuba, se esforzó por llegar hasta el fondo, pero no lo consiguió y hubo de someterse a los rigores de su ley. ¡Dios los maldiga! Le pasaron entonces por los ojos un punzón de plata al rojo y lo cegaron.


   La opinión del emir sirio sobre los «bárbaros» sigue siendo prácticamente la misma cuando habla de sus conocimientos. En el siglo XII los frany están muy atrasados en relación con los árabes en todos los campos científicos y técnicos. Pero es en medicina donde la diferencia es mayor entre el Oriente desarrollado y el Occidente primitivo. Usama observa la disparidad: 


   Un día —cuenta—, el gobernador franco de Muneitra, en el monte Líbano, escribió a su tío Sultán, emir de Shayzar, para rogarle que le enviara un médico para tratar algunos casos urgentes. Mi tío escogió a un médico cristiano de nuestra tierra llamado Thabet. Éste sólo se ausentó unos días y luego regresó entre nosotros. Todos sentíamos gran curiosidad por saber cómo había podido conseguir tan pronto la curación de los enfermos y lo acosamos a preguntas. Thabet contestó: «Han traído a mi presencia a un caballero que tenía un absceso en la pierna y a una mujer que padecía de consunción. Le puse un emplasto al caballero; el tumor se abrió y mejoró. A la mujer le prescribí una dieta para refrescarle el temperamento. Pero llegó entonces un médico franco y dijo: "¡Este hombre no sabe tratarlos!" Y, dirigiéndose al caballero, le preguntó: "¿Qué prefieres, vivir con una sola pierna o morir con las dos?" Como el paciente contestó que prefería vivir con una sola pierna, el médico ordenó: "Traedme un caballero fuerte con un hacha bien afilada." Pronto vi llegar al caballero con el hacha. El médico franco colocó la pierna en un tajo de madera, diciéndole al que acababa de llegar: "¡Dale un buen hachazo para cortársela de un tajo!" Ante mi vista, el hombre le asestó a la pierna un primer hachazo y, luego, como la pierna seguía unida, le dio un segundo tajo. La médula de la pierna salió fuera y el herido murió en el acto. En cuanto a la mujer, el médico franco la examinó y dijo: "Tiene un demonio en la cabeza que está enamorado de ella. ¡Cortadle el pelo!" Se lo cortaron. La mujer volvió a empezar entonces a tomar las comidas de los francos con ajo y mostaza, lo que le agravó la consunción. "Eso quiere decir que se le ha metido el demonio en la cabeza", afirmó el médico. Y, tomando una navaja barbera, le hizo una incisión en forma de cruz, dejó al descubierto el hueso de la cabeza y lo frotó con sal. La mujer murió en el acto. Entonces, yo pregunté: "¿Ya no me necesitáis?" Me dijeron que no y regresé tras haber aprendido muchas cosas que ignoraba sobre la medicina de los frany». 


   Si Usama se escandaliza ante la ignorancia de los occidentales..."

martes, 23 de abril de 2019

ROY ORBISON. VIDA, de Keith Richards

ROY ORBISON. VIDA, de Keith Richards

    "¡El increíble Roy Orbison! Era uno de esos tejanos que pueden con todo, incluida su propia vida sembrada de tragedias: pierde a sus hijos en un incendio y a su mujer en un accidente de tráfico; en lo personal, nada le fue bien al gran O, pero no puedo pensar en un caballero más amable, ni en una personalidad más estoica. Tenía un talento increíble para crecerse pasando de su escaso metro setenta a convertirse en un coloso de dos metros cuando se subía a un escenario. Era increíble verlo. Igual venía de haberse pasado el día al sol, rojo como un cangrejo y en pantalones cortos y nosotros estábamos por allí tocando la guitarra, charlando, bebiendo y fumando y nos decía: «Toco en cinco minutos». Ya por curiosidad, nos asomábamos a ver el número que abría el espectáculo y… era impresionante: el que salía al escenario era un tipo completamente transformado que parecía haber crecido por lo menos treinta centímetros en presencia y control de la situación y el público. Hace un minuto estaba en pantalón corto, ¿cómo lo hacía? Es una de las cosas más impresionantes de subirte a un escenario: que entre bastidores igual sólo eres un colgado, pero en cuanto se oye el «damas y caballeros» o el «con todos ustedes», ya eres otra persona."

lunes, 22 de abril de 2019

LA GUERRA DE VIETNAM. UN RUMOR DE GUERRA, de Philip Caputo

LA GUERRA DE VIETNAM. UN RUMOR DE GUERRA, de Philip Caputo 

    "La estrategia de agotamiento del general Westmoreland también tuvo repercusiones importantes en nuestra conducta. Nuestra misión no consistía en ganar terreno o tomar posiciones, sino, simplemente, en matar: matar comunistas, tantos como fuera posible. Apilarlos como leña. La victoria consistía en un elevado número de cadáveres; la derrota, en una proporción de pocas muertes; la guerra era una cuestión de aritmética. Era intenso el apremio que se hacía a los comandantes de unidades para producir cadáveres enemigos y aquéllos, a su vez, lo transmitían a sus tropas. Esto condujo a prácticas semejantes a la de contar a los civiles como miembros del Vietcong. «Si está muerto y es vietnamita, es uno del Vietcong», era una regla empírica del monte. En consecuencia, no resulta sorprendente que algunos hombres manifestaran desdén por la vida humana y cierta predilección a cortarla."

LA BANDA DE LOS SACCO, de Andrea Camilleri

LA BANDA DE LOS SACCO, de Andrea Camilleri 

"Los Sacco tienen muy claro que, detrás de todas estas maniobras contra ellos, está el verdadero líder de la mafia en Raffadali, el inteligentísimo y poderosísimo abogado C.

Es él quien decide las personas que deben pagar, es él quien establece las cifras, es siempre él quien diseña las estrategias más adecuadas, es decir, a quién matar y a quién no, a quién quemarle la casa y la cosecha, a quién mandarle el último aviso antes de acabar con él. 


Pero sabe mantenerse en la sombra, no hay manera de relacionarle con la mafia, aunque todos en el pueblo saben que los mafiosos hacen lo que él quiere. 


El abogado C. se desplaza siempre de Raffadali a sus campos con un cochecito de dos plazas, un tílburi que conduce él mismo. 


Un día, pasada la hora de comer, el abogado está regresando solo al pueblo. Se le ha hecho tarde, por eso tiene la fusta en la mano y con ella cada tanto incita al caballo a correr. 


Y así, en un momento dado, mientras levanta la fusta para hacerla caer sobre el caballo, oye un disparo que proviene de detrás de una mata de hierba silvestre que hay en el margen del camino.


El disparo, muy preciso, ha destrozado la fusta. En la mano no le queda más que la empuñadura. 

Ni siquiera tiene tiempo de entender qué está ocurriendo cuando un segundo disparo, tan preciso como el anterior, le hace volar el sombrero. Muerto de miedo, mientras espera el tercer golpe, el que le quitará la vida, se pone a dar voces como un loco animando al caballo a correr. 


Al final, el abogado consigue llegar sano y salvo a su casa, y encerrarse dentro. Ha entendido la advertencia. 


Pero no puede quedarse eternamente escondido en casa diciéndoles a todos que se siente un poco indispuesto.


Un día u otro deberá salir para ocuparse de sus asuntos. 

Y Vanni Sacco lo espera. 

Una mañana, antes del amanecer, el abogado sale cautelosamente de su casa, mira a su alrededor y pone un pie fuera. No le ocurre nada. 

Al día siguiente hace lo mismo y se siente con ánimos de acercarse hasta la plaza. 

Después de una semana recupera su vida y vuelve a ser tan presuntuoso como siempre. 

No sabe que Vanni está jugando con él como el gato con el ratón. 

Una tarde reúne en su casa de campo a una decena de mafiosos para decidir cómo resolver la situación de los Sacco. 

Al oscurecer, la reunión termina y tres o cuatro mafiosos lo esperan a caballo para escoltarlo al pueblo. El abogado está cerrando la puerta con llave cuando una ráfaga de disparos de mosquete estampan su silueta sobre la madera de la puerta. 

Cuando los mafiosos advierten que el abogado ha caído desvanecido al suelo, se ponen a disparar, pero están apretando el gatillo en vano: no tienen un blanco, sólo hacen ruido, porque el tirador ha desaparecido. 

De vuelta a Raffadali, más muerto que vivo, el abogado se entierra en casa. Sólo saldrá cuando sus secuaces o los carabineros consigan atrapar a los hermanos Sacco. 

Pero ha perdido todo su prestigio y todo su poder. 

Vanni, Alfonso y Salvatore ahora parecen inasibles. 

La población, feliz y contenta de que la desaparición de la mafia los haya ayudado a recuperar la tranquilidad, ayuda a los Sacco con todos los medios posibles. 

No sólo el pueblo llano o los aldeanos, sino también algunos «señores» que antes se veían obligados a pagarle grandes cifras a la mafia. 

Pero la orden es que hay que coger a los Sacco, vivos o muertos. 

También porque ahora hay quien sostiene que, si en la época de la marcha sobre Roma todos los socialistas hubieran actuado como están haciendo ahora los Sacco, el fascismo nunca habría alcanzado el poder."

domingo, 21 de abril de 2019

    TOCANDO FONDO. EL HOMBRE QUE AMABA A LOS PERROS, de Leonardo Padura

    "Buscar medicinas y un poco de comida para mi mujer, fumar cigarros con intensidad suicida, cuidar a Truco después de cada accidente o bronca callejera a los que era tan proclive, practicar sin fe una religión tiránica, mirar con distancia estoica las grietas en las paredes y techos en vías de derrumbe de nuestro apartamentico y curar perros tan pobres y desaliñados como sus dueños, se convirtieron en los lindes de mi vida de mierda. Cada noche, después de acostar a Ana —ya no podía hacerlo ella sola—, sin deseos de leer y mucho menos de escribir, adquirí la afición de subir por el muro de mi vecino y sentarme, hiciese frío o calor, en la horquilla que formaban dos gajos de su mata de mangos. Allí, bajo la mirada de Truco, que desde el pasillo seguía cada uno de mis movimientos, me fumaba un par de cigarros y me dedicaba a sentir la plenitud de mi derrota, de mi vejez anticipada, de mi desencanto cósmico, a examinar la conciencia casi muerta del ser lamentable en que había desembocado el mismo hombre que alguna vez había sido un muchacho preñado de ilusiones, y que parecía dotado para domar el destino y arrodillarlo a sus pies. Qué desastre."
Leonardo Padura

jueves, 18 de abril de 2019

EVEREST, de Alfredo Merino Sánchez

EVEREST, de Alfredo Merino Sánchez 

"El acceso al Everest se está haciendo cada vez más fácil y, al tiempo, se va volviendo cada vez más difícil escuchar el silencioso secreto de la montaña."

miércoles, 17 de abril de 2019

LA VIDA DE LOS MUSULMANES EN LOS REINOS DE LOS CRUZADOS. LAS CRUZADAS VISTAS POR LOS ÁRABES, de Amín Maalouf

LA VIDA DE LOS MUSULMANES EN LOS REINOS DE LOS CRUZADOS. LAS CRUZADAS VISTAS POR LOS ÁRABES, de Amín Maalouf 

    "La ausencia de instituciones estables y reconocidas no podía dejar de tener consecuencias en lo tocante a las libertades. Entre los occidentales, el poder de los monarcas se rige, en la época de las cruzadas, por principios que es difícil vulnerar. Usama hace la observación, durante una visita al reino de Jerusalén, de que «cuando los caballeros dictan una sentencia, el rey no puede modificarla ni anularla.» Aún más significativo es el siguiente testimonio de Ibn Yubayr en los últimos días de su viaje a Oriente: 

    Al salir de Tibnin (cerca de Tiro), hemos cruzado una ininterrumpida serie de casas de labor y de aldeas con tierras eficazmente explotadas. Sus habitantes son todos ellos musulmanes pero viven con bienestar entre los frany ¡Dios nos libre de las tentaciones! Sus viviendas les pertenecen y les han dejado todos sus bienes. Todas las regiones controladas por los frany en Siria se ven sometidas a este mismo régimen: las propiedades rurales, aldeas y casas de labor han quedado en manos de los musulmanes. Ahora bien, la duda penetra en el corazón de gran número de estos hombres cuando comparan su suerte con la de sus hermanos que viven en territorio musulmán. Estos últimos padecen la injusticia de sus correligionarios mientras que los frany actúan con equidad. 

    Hace bien en preocuparse Ibn Yubayr, pues acaba de descubrir, en los caminos del actual sur del Líbano, una realidad preñada de consecuencias: aun cuando el concepto de la justicia entre los frany presente algunos aspectos que podrían calificarse de «bárbaros», como destaca Usama, su sociedad tiene la ventaja de ser «distribuidora de derechos». Es cierto que aún no existe la noción de ciudadano, pero los feudales, los caballeros, el clero, la universidad, los burgueses e incluso los campesinos infieles tienen todos unos derechos claramente establecidos. En el Oriente árabe, el procedimiento de los tribunales es más racional; sin embargo, no existe límite alguno para el poder arbitrario del príncipe. Ello sólo podía suponer un retraso para el desarrollo de las ciudades comerciales así como para la evolución de las ideas.

    La reacción de Ibn Yubayr merece incluso un examen más atento. Aunque tiene la honradez de reconocer las cualidades del «enemigo maldito», se deshace luego en imprecaciones, estimando que la equidad de los frany y su buena administración constituyen un peligro mortal para los musulmanes. ¿Acaso éstos no corren el riesgo de dar la espalda a sus correligionarios —y a su religión— si hallan el bienestar en la sociedad franca? Por comprensible que sea, la actitud del viajero no deja de ser sintomática de un mal que padecen sus hermanos: durante todas las cruzadas, los árabes se negaron a abrirse a las ideas llegadas de Occidente. Y, probablemente, éste es el efecto más desastroso de las agresiones de que fueron víctimas. Para el invasor aprender la lengua del pueblo conquistado constituye una habilidad: para este último, aprender la lengua del conquistador supone un compromiso, incluso una traición. De hecho, muchos frany aprendieron el árabe mientras que los indígenas, salvo algunos cristianos, permanecieron impermeables a los idiomas de los occidentales."
Shawback castle, Jordania

martes, 16 de abril de 2019

ORIGEN DEL CONFLICTO ENTRE SERBIOS Y CROATAS. SLOBO, de Francisco Veiga

ORIGEN DEL CONFLICTO ENTRE SERBIOS Y CROATAS. SLOBO, de Francisco Veiga

    "Eran descendientes de los miles de refugiados serbios que habían ido huyendo de la invasión turca a través de los años. A  comienzos del siglo XVIII , cuando las tropas del Imperio de los Habsburgo terminaron de expulsar a los turcos de Hungría y se estabilizó la frontera con el Imperio otomano, Viena decidió organizar un sistema defensivo permanente que se conoció como «frontera militar». En las regiones que bordeaban esos límites el imperio estableció colonos que eran campesinos en tiempo de paz pero estaban organizados militarmente y podían ser movilizados con rapidez cuando estallaba la guerra. 

    Tales campesinos guerreros, cuyo nombre eslavo era el de graniían («fronterizos») constituían un fenómeno muy parecido al de los cosacos rusos. Incluso existían similitudes toponímicas. La frontera militar era conocida en eslavo como la Krajina, es decir, el confín (de kraj, que significa «fin»). De hecho, el toponímico Ucrania deriva del eslavo ukraina, es decir, marca fronteriza, y equivale a la Krajina serbia. Además, las comunidades de colonos-soldados eslavos vivían en régimen de sociedad patriarcal que a su vez se basaba en extensas familias conocidas como zadruge. Éstas trabajaban comunalmente las tierras de forma que la muerte de los hombres en combate no llevara a la ruina de la explotación y permitía un reclutamiento más eficaz cuando llegaba la guerra. Las regiones eslavas de la Vojna Krajina suministraban 17 regimientos, mientras una región austríaca de similares características demográficas apenas aportaba tres. Además, eran soldados baratos, cuyo mantenimiento sólo equivalía al 20% de las tropas regulares. 

    La administración de la frontera militar no dependía de Zagreb, sino directamente de Viena, que suministraba las tierras y les concedía el estatus de campesinos libres; de ahí que los granicari serbios siempre se sintieran deudores de la Corona, no de los croatas. Y de hecho, estas tropas sacaron al emperador de apuros en más de una ocasión. 

    La frontera militar perdió toda su utilidad a partir de 1878, cuando el Imperio ocupó Bosnia-Hercegovina y Rumania obtuvo la independencia formal con respecto al Imperio otomano. Además, la extensión del ferrocarril posibilitaba el traslado de tropas a las fronteras y hacía innecesario el sistema de colonos guerreros acantonados permanentemente en un territorio. A pesar de ello, la población serbia que continuó viviendo en los territorios de la vieja Krajina conservó rasgos culturales heredados de aquellos casi dos siglos de servicio en la frontera. Constituían comunidades bastante aisladas, situadas en un remoto territorio montañoso, que dependían mucho de la capital para su subsistencia. Eran pobres y, en consecuencia, cambiaron en parte de actividades profesionales, pero no de mentalidad. Siguieron suministrando aguerridos soldados al Imperio, con un alto nivel de lealtad. E incluso algunos generales. 

    Pero la desaparición de la frontera militar supuso que esa población serbia pasaba a ser administrada por las autoridades civiles de Zagreb, es decir, por los croatas. Conforme se consolidaba el sentimiento nacionalista de éstos crecía la desconfianza y hasta la antipatía hacia esas comunidades serbias tan leales al poder imperial. Cuando se hundió el Imperio y se fundó el primer estado yugoslavo, los serbios de la Krajina cambiaron sus lealtades: de Viena hacia Belgrado, siempre al servicio del poder establecido que podía asegurarles su supervivencia a cambio de fidelidad.

    En parte, eso hizo que los ustachas croatas decidieran eliminar a esos serbios que veían como una quinta columna para la consolidación de su nueva Gran Croacia. Por primera vez en su historia, los antiguos granican sufrieron en sus carnes la tan temida amenaza: un poder que intentaba liquidarlos en vez de protegerlos. No es extraño que de entre ellos surgieran numerosas unidades de voluntarios para combatir con los partisanos de Tito, firmemente yugoslavistas. Una vez terminada la guerra, los serbios de Croacia en general y de la Krajina en particular, se comprometieron devotamente con el nuevo poder hasta convertirse en una especie de columna vertebral del estado yugoslavo. Así, era cierto que menudeaban en cargos funcionariales, en la judicatura, en el ejército, en la policía. Además, en las aldeas y pueblos croatas de población mixta, ellos integraban, mayoritariamente, las filas del Partido, aunque sólo constituyeran una minoría en el conjunto de la población local. 

    Por lo tanto, las regiones de población serbia en Croacia, sobre todo la Krajina, eran una bomba de relojería hecha de atraso económico, horizontes limitados y una potente carga de mitos culturales propios hechos a base de orgullo, frustración y miedo amasados a partes iguales. En cierta medida, la Krajina era el Kosovo de los croa tas y la «solución final» que los nacionalistas más radicales soñaban para con esa región no difería en nada de la que sus hermanos serbios, más allá del Drina, aspiraban aplicarle a sus albaneses, como el tiempo demostraría cumplidamente.
(...)
    La reacción de los serbios de la vieja frontera militar fue la consabida: en el pasado y a cambio de protección habían entregado su lealtad al emperador, luego al rey Alejandro, en Belgrado; más tarde a Tito. Ahora le tocaba el turno a Milošević. Ciertamente, los medios de comunicación nacionalistas serbios explotaron a fondo la situación de los «hermanos» de Croacia, la exprimieron, la descoyuntaron. La prensa y sobre todo la televisión magnificó el peligro, hizo de Tudjman un Ante Pavelic que no era y de todos los croatas unos ustachas redivivos. La verdad era que las condiciones internacionales de 1991 no posibilitaban un genocidio como el de 1941, y sin guerra, los nuevos nacionalistas se hubieran limitado a crear un agudo problema de desempleo temporal entre los serbios pero no un genocidio. Claro que la actitud de la prensa belgradense arrojó cubos de gasolina a la hoguera. Pero el problema tenía sus propias raíces profundas en Croacia, no se fabricó en Belgrado; y Slobo tuvo en el asunto un papel ya habitual: le cayó en las manos, lo sopesó y luego intentó manipularlo."

lunes, 15 de abril de 2019

CUANDO KEITH ENCONTRÓ A MICK. VIDA, de Keith Richards

CUANDO KEITH ENCONTRÓ A MICK. VIDA, de Keith Richards 

    "Mi tía me la dio (la carta) cuando todavía vivía, en 2009, y en esa carta hablo, entre otras cosas, de mi encuentro con Mick Jagger en la estación de Dartford en 1961. Escribí la carta en abril de 1962, sólo cuatro meses más tarde, cuando ya andábamos juntos intentando aprender cómo se hacía.

   C/ Spielman n.º 6 Dartford, Kent
   Querida Pat:
   Siento mucho no haberte podido escribir antes (alego demencia en mi descargo) poniendo vocecilla de moscardón. Salida de las tablas por la derecha en medio de estruendosa ovación.
   Espero que estés muy bien.
   Hemos sobrevivido a otro glorioso invierno inglés. Me pregunto qué día llegará el verano este año.
Pero, cariño, de verdad que noooo heeeee paraaaaado desde Navidades, además de tener que ir a clase. Ya sabes que me encanta Chuck Berry desde hace tiempo y creía que era el único que lo conocía en un radio de varios kilómetros a la redonda, pero hace poco, una mañana, en la est (es para no tener que escribir entera una palabra tan larga como estación) de Dartford, estaba esperando el tren con un disco de Chuck en la mano cuando se me ha acercado un tío que conocía de la primaria y resulta que tiene todos los discos de Chuck Berry, del primero al último, y todos sus colegas los tienen también, y a todos les gusta el rhythm and blues, me refiero al R&B de verdad (no la mierda de Dinah Shore, Brook Benton y compañía): Jimmy Reed, Muddy Waters, Chuck, Howlin’ Wolf John Lee Hooker y todo el material del bueno de los músicos de blues de Chicago. Maravilloso. Bo Diddley también, otro de los grandes.
   Total, que el tipo de la estación (que se llama Mick Jagger) y todos sus colegas (tíos y tías) se reúnen los sábados por la mañana en el Carousel, un garito con máquina de discos. Una mañana de enero pasaba por allí y se me ocurrió entrar a ver si estaban. Todo el mundo fue muy enrollado conmigo, en cuestión de un rato ya me habían invitado a diez fiestas, y además Mick es el mejor cantante de R&B a este lado del Atlántico, y lo digo en serio. En resumidas cuentas: yo toco la guitarra (eléctrica) al estilo de Chuck, y nos hemos buscado uno que toca el bajo y un batería, y otra guitarra para marcar más el ritmo, y estamos practicando dos o tres noches por semana. ¡NO SABES QUÉ MARCHA!
   Claro que todos están podridos de dinero y viven en unas casas inmensas, es de locos, hay uno que hasta tiene mayordomo. Un día fui a casa de Mick con él en coche (en el de Mick, claro, no en el mío) ¡JODER, QUÉ DIFÍCIL ES ESCRIBIR COMO ES DEBIDO!
—¿Desea algo más el señor?
—Un vodka con lima, por favor.
—Sí, señor, se lo traigo enseguida.
Te juro que me sentí como si fuera un lord o algo así, a punto estuve de pedir que me trajeran la corona cuando me marchaba.
Por aquí todo sigue bien.
El problema es que no puedo desengancharme de Chuck Berry: hace poco me compré un LP suyo, lo pedí directamente a Chess Records Chicago y me costó menos de lo que se paga por los discos aquí en Inglaterra.
Claro, por aquí todavía nos quedan los viejos presidiarios, ya sabes: Cliff Richard, Adam Faith y esos dos nuevos que son la bomba, Shane Fenton y John Leyton. EN TU VIDA HABRÁS OÍDO UNA COSA IGUAL … A excepción del seboso Sinatra, ja ja ja ja ja ja ja ja ja.
En cualquier caso, aburrirme no me aburro. Este sábado voy a una fiesta de las que duran toda la noche.
I looked at my watch It was four-o-five. Man I didn’t know If I was dead or alive.
Chuck Berry en «Reeling and a Rocking».
12 galones de cerveza, 1 barril de sidra, 3 botellas de whisky, vino. Mamá y papá fuera todo el fin de semana… Voy a estar de fiesta hasta que el cuerpo aguante (me complace decir).
El próximo sábado Mick y yo vamos a llevar a un par de tías a nuestro club favorito de Rhythm & Blues en Ealing, Middlesex.
Actúa un tío con la armónica eléctrica que es la leche: Cyril Davies, fantástico, siempre medio pedo, sin afeitar, toca como un loco, maravilloso.
Bueno, ya no se me ocurre nada más con lo que aburrirte, así que me despido, queridos telespectadores UNA SONRISA DE OREJA A OREJA
Y un beeeso Keith xxxxxxx
Quién si no iba a escribir una mierda de carta así.

    ¿Fue amor a primera vista? Si te metes en un vagón de tren con un tío que lleva bajo el brazo la grabación de Chess Records del Rockin’ at the Hop de Chuck Berry y The Best of Muddy Waters también, cómo no va a ser amor a primera vista, si el tío tiene en casa el tesoro del pirata Henry Morgan, las movidas auténticas. Yo no tenía ni idea de cómo hacerme con nada de eso. Ahora caigo en la cuenta de que ya me lo había encontrado una vez antes, delante del ayuntamiento de Dartford, un verano que él estuvo trabajando de heladero. Por aquel entonces debía de tener unos quince años, fue justo antes de que se marchara de la escuela, debió de ser unos tres años antes de que montáramos los Stones porque mencionó que a veces le daba por ponerse a bailar por allí al son de Buddy Holly y Eddie Cochran. Cuando lo dijo caí: aquel día que le compré un helado de chocolate; no sé, igual era un cornete… Me acojo a la prescripción del delito. Y luego no lo volví a ver hasta ese día profético en la estación.

   Y el tío iba con todo aquel material debajo del brazo. «¿De dónde coño has sacado todos esos discos?». La cuestión, siempre, eran los discos, desde que tenías once o doce años, el gran tema era quiénes tenían los discos y con ésos era con los que andabas. Los discos eran un tesoro. Yo, con suerte, podía comprarme dos o tres singles cada seis meses...
(...)

   Mick había visto tocar a Buddy Holly en el Wollwich Granada, ésa fue una de las razones por las que me pegué a él como una lapa; y porque tenía muchos más contactos que yo; ¡y porque la colección de discos de aquel tío era la leche! Yo no estaba nada metido en el mundillo musical por aquel entonces, comparado con Mick, en cierto sentido era un paleto de tomo y lomo. El en cambio tenía controlada la movida de Londres, estaba estudiando económicas en la London School of Economics y conocía a gente de todos los pelajes. Yo ni tenía dinero ni sabía un carajo de nada, como mucho llegaba a leer titulares («Eddie Cochran actúa con Buddy Holly») en revistas como New Musical Express. ¡Joder, cuando sea mayor me voy a pillar una entrada! Pero claro, todos estiraron la pata antes.

   Después de aquel encuentro, casi inmediatamente empezamos a quedar, y Mick cantaba y yo tocaba y «¡oye, pues no suena mal!». Además no era un esfuerzo: no teníamos a nadie a quien impresionar excepto a nosotros mismos y no nos interesaba impresionarnos… Yo estaba aprendiendo. Al principio conseguíamos un disco nuevo, de Jimmy Reed por ejemplo, nos aprendíamos los acordes (yo) y la letra (él) y sencillamente diseccionábamos las canciones hasta donde eso fuera posible:

—¿Va así?

—¡Pues sí, mira por dónde!

   Y además nos divertíamos. Creo que los dos sabíamos que estábamos aprendiendo, y eran cosas que queríamos aprender y aquello era diez veces mejor que ir a clase. Me imagino que en aquellos tiempos lo que nos movía era la fascinación, el misterio de cómo se haría, de cómo era posible que sonara así, aquel incontrolable deseo de que nuestro sonido molara tanto como aquél. Y luego conocías a un grupo de tíos que estaban en lo mismo y a través de ellos a otros músicos y a más gente, y empezabas a creerte que se podía conseguir.

   Mick y yo debimos de pasar un año mientras se gestaban los Stones (e incluso antes) buscando discos por todas partes..."

LA MATANZA DE SREBRENICA. SLOBO, de Francisco Veiga

LA MATANZA DE SREBRENICA. SLOBO, de Francisco Veiga

    "A comienzos de julio, el general Mladic lanzó a sus tropas contra Srebrenica, que había vuelto a llenarse de refugiados y a rearmarse, tras los acuerdos de 1993. Pero esta vez no hubo ningún general Morillon que detuviera el golpe. Las tropas serbias tomaron el enclave el 11 de julio, sin que el contingente holandés de 110 cascos azules ofreciera resistencia, tal y como había ocurrido con las tropas de la ONU en Eslavonia occidental dos meses antes. De todas formas, si hubo luz verde de los americanos, no se esperaban la carnicería que tuvo lugar. Miles de civiles intentaron escapar del cerco a través de las montañas y fueron liquidados por las tropas serbias de Mladic. Además, en el mismo enclave, se produjo un número indeterminado de fusilamientos sumarios. Los serbios no olvidaban las ofensivas lanzadas en enero de 1993 por las milicias musulmanas del enclave y les aplicaron una cruel venganza. Al comandante Naser Oríc no lo encontraron, porque antes de la ofensiva se había refugiado en Sarajevo, abandonando Srebrenica a su suerte, por orden del gobierno. Seguramente y a sabiendas de la inminente caída del enclave, que aceptaban a cambio de otros territorios, no deseaban que pudiera entregar información comprometida a los serbios. En abril de 2003, Oric sería entregado como criminal de guerra al Tribunal Penal Internacional de La Haya. El asunto pasó completamente desapercibido para la prensa occidental. Que las matanzas de Srebrenica fueron debidas al ansia de venganza de los serbobosnios lo prueba el que tras la caída del enclave de Zepa, pocos días después, no hubo ningún baño de sangre. Allí los serbios no tenían ninguna factura que pasar. Para rematar el catálogo de miserias que se tejieron en torno a Srebrenica, las noticias de la masacre tardarían algún tiempo en llegar a la prensa, porque aún tenían que ser convenientemente instrumentalizadas.
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    Resultaba bastante embarazoso admitir que una de las más completas limpiezas étnicas de las guerras de la ex Yugoslavia se había debido a una operación militar ejecutada por tropas entrenadas, asesoradas, informadas y ayudadas por los norteamericanos y alemanes. Peor aún: planeaba la duda sobre el hecho de que una de las mayores matanzas de la guerra de Bosnia, la de Srebrenica, había tenido lugar como consecuencia de una planificación diplomática poco cuidadosa o mal ejecutada.
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    En definitiva: o bien Srebrenica fue un fallo garrafal en la capacidad operativa de la inteligencia norteamericana o bien ésta tenía material más que suficiente para saber lo que iba a ocurrir con bastante antelación; tanta, al menos, como el gobierno de Sarajevo. Si la segunda respuesta es la correcta, hubo una campaña de silencio y desvío de la atención que incluso recurrió a la culpabilización de las tropas holandesas de cascos azules. Esos soldados, que no hicieron nada por defender Srebrenica, fueron condenados. Los daneses que intentaron resistir ocasionalmente en Croacia y en algunos casos resultaron asesinados por las tropas croatas, fueron convenientemente olvidados. Lo mismo ocurrió con el saqueo y destrucción de las propiedades que los refugiados dejaron atrás, o con los muy escasos serbios que renunciaron a escapar —la mayoría ancianos e impedidos—, una parte de los cuales fueron asesinados. Y los excesos continuaron y continuaron durante semanas. Según el Consejo de Seguridad de la ONU, a finales de septiembre todavía se llevaban a cabo ejecuciones, con algunas víctimas quemadas vivas. 


    En este sentido, la Operación Tormenta sacó a la luz uno de los primerísimos síntomas del enfrentamiento euro-americano que saldría a la luz de forma virulenta durante la crisis de Irak en 2003. La diplomacia comunitaria consideró que estaban más que claras las responsabilidades norteamericanas en la ofensiva croata. El jefe del equipo mediador de la Unión Europea, el sueco Cari Bildt, pidió que Franjo Tudjman fuera incluido en las listas de criminales de guerra del Tribunal Penal Internacional. Pero el 9 de agosto, el mismo día en el que el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas proponía la condena contra Croacia por los abusos cometidos en la Krajina, la entonces emisaria del presidente Clinton en ese foro, Madeleine Albright, denunció por vez primera las matanzas cometidas por los serbios de Bosnia en Srebrenica un mes antes. Ya se habían oído rumores basados en los testimonios de los huidos y evacuados, pero ese día los americanos «oficializaron» la historia. Como prueba inicial, Albright presentó unas supuestas fotos de fosas comunes tomadas por aviones espía; a pesar de la dudosa calidad probatoria de ese tipo de material —como se vería más tarde en Kosovo e Irak— el asunto levantó una enorme polvareda, y el debate sobre los pecados croatas pasó a vía muerta. La fotografía había sido buscada a toda prisa sólo unos días antes y encontrada por un analista de la CÍA tras examinar y comparar durante toda una noche."