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jueves, 21 de febrero de 2019

TENER ESPERANZAS. HAVEL, de Michael Zantovsky

    "...comprendí, con una nueva sensación de urgencia, que la única verdadera fuente de las ganas de vivir es la esperanza, la esperanza como certeza interior de que las cosas que pueden incluso parecernos puramente disparatadas pueden tener su propio significado profundo, y nuestra mision es buscarlo. Y comprendí, acaso mejor que antes, por qué la vida humana deja de ser una vida que vale la pena vivirse cuando falta el amor de las personas más próximas"

miércoles, 20 de febrero de 2019

LA BIBLIOTECA DE KEITH RICHARDS. VIDA, de Keith Richards

LA BIBLIOTECA DE KEITH RICHARDS. VIDA, de Keith Richards 

    "...Soy un lector voraz, devoro los libros uno detrás de otro, y además leo de todo. Y si no me gusta, lo dejo y a por otro. En lo que se refiere a ficción me encantan George MacDonald Fraser, los tebeos de Flashman y Patrick O’Brian, de cuyos libros me enamoré al instante. El primero fue Capitán de mar y guerra, y no tanto porque la acción se desarrolle en la época de Nelson y Napoleón, sino más bien por las relaciones personales. El tema histórico sirve más bien de trasfondo. Y, por supuesto, aislar a los personajes en medio del océano te da más margen de maniobra, y las caracterizaciones son excelentes, que es lo que más me gusta. Habla de amistad, de camaradería. Jack Aubrey y Stephen Maturin siempre me han recordado un poco a Mick y a mí. Además, la historia, sobre todo la relacionada con la Armada inglesa durante ese período, es una de mis grandes aficiones. Por aquel entonces el ejército de tierra no pintaba gran cosa, lo importante era la Marina, los tíos que acababan en sus filas contra su voluntad, las levas forzosas… Y para que toda aquella maquinaria funcionara tenías que hacer de aquel hatajo de rebeldes un equipo que funcionara a la perfección, lo que me hace pensar en los Rolling Stones. Siempre tengo algo de tema histórico entre las manos. Sobre todo me interesa cualquier cosa que tenga que ver con la época de Nelson o con la Segunda Guerra Mundial, pero también con la antigua Roma, y algunos aspectos del período colonial británico, el «gran juego» de los rusos y los ingleses en Asia Central y todo eso. Tengo una biblioteca muy bien nutrida con libros sobre estos temas, muy bien ordenados en sus correspondientes estanterías de madera oscura que llegan hasta el techo. Ese es el lugar donde me escondo a menudo y donde un día sufrí un grave percance. 


    Nadie se lo cree, pero la verdad es que estaba buscando un libro de anatomía de Leonardo da Vinci. Es un libro voluminoso, y ésos los tengo en los estantes de arriba. Agarré la escalera y me subí a lo alto. Los anaqueles con pesados tomos reposan sobre clavijas: justo cuando rocé el estante, una de esas piezas cedió y me cayó una avalancha de libros en toda la cara. ¡Bum! Me di con una mesa en la cabeza y perdí el conocimiento. Al cabo de un rato (no sé cuánto, como media hora), me desperté y me dolía. Dolía mucho. Al verme tirado en el suelo rodeado de libros por todas partes, en circunstancias normales me habría entrado un ataque de risa por lo irónico de la situación, pero me dolía demasiado. ¿No querías consultar algo sobre anatomía humana? Me arrastré como pude hasta el piso de arriba (me costaba trabajo respirar) y me metí en la cama con la parienta: «A ver cómo me encuentro por la mañana». Al día siguiente estaba incluso peor, y Patti me preguntaba: «¿Qué te pasa?». «Me he caído, pero estoy bien». Pero el hecho era que seguía sin respirar bien. Tardé tres días en decirle a Patti: «Cariño, esto me lo van a tener que mirar». Y no estaba bien: me había perforado un pulmón. Teníamos programado empezar la gira europea con un concierto en Berlín en mayo de 1998, y hubo que retrasarla un mes: la única vez que se ha tenido que posponer una gira por mi culpa."



martes, 19 de febrero de 2019

MADRID, CIUDAD DE ACOGIDA. SABINA EN CARNE VIVA, de J. Sabina y J. M. Flores

MADRID, CIUDAD DE ACOGIDA. SABINA EN CARNE VIVA, de J. Sabina y J. M. Flores 

    "...De hecho, cuando yo hice Pongamos que hablo de Madrid aún no había movida. Yo había estado en Ubeda, en Granada, en Londres, y de paso por Bruselas y París, y nunca había encontrado un sitio donde no me pidieran el carnet, donde se permitiera la doble nacionalidad y donde nadie mostrara un sentido de pertenencia. Los serenos eran asturianos y los porteros, gallegos, y te bajabas en Atocha o en Chamartín y empezabas a ser madrileño inmediatamente: nadie te hacía renunciar a ser andaluz, gallego, asturiano o lo que fuera. Todavía siguen viniendo a mi casa de Madrid amigos peruanos, mexicanos o ingleses que me dicen que no conocen otro lugar en el mundo en el que vayas a un bar y a los diez minutos alguien te esté invitando a ir a su casa. Eso nunca, jamás de los jamases, ha pasado, por ejemplo, en Barcelona. Nunca, nunca, nunca. Sin embargo, Barcelona sí era cantada por cantantes españoles, como Pi de la Serra, Raimon o Serrat. Pero a Madrid no se le había cantado. Ah, falta una cosa de Madrid. Entre el poblachón manchego de Galdós y entre Navalcarnero y Kansas City de Cela, ahí encontré yo una cosa que tenía que ver con que es inimaginable ver a los madrileños desfilando detrás de una bandera o cantando un himno. De hecho, Leguina le encargó un himno a García Calvo que a mí me gusta mucho y que no ha tenido la menor fortuna.
    »Luego está lo de los bares, la apertura impresionante de los madrileños. Como la noche de Madrid, ni la de Nueva York ni la de Buenos Aires. No he visto nada igual en mi vida, de verdad. He contado muchas veces en radios y televisiones latinoamericanas que el que haya un atasco de tráfico terrible a las doce del mediodía es un coñazo absoluto, pero que lo haya a las tres de la mañana es poesía. Y en Madrid sigue habiendo embotellamientos a las tres de la mañana. ¿Cuántos Gobiernos, cuántos ayuntamientos han hecho el intento serio de ponernos horarios europeos, de que la gente se vaya temprano a dormir y se levante temprano para ir al trabajo? Nunca lo han conseguido. Porque los madrileños siempre han pensado que la noche es del que se la trabaja. Nunca sentí ni pensé “aquí me voy a quedar” hasta que llegué a Madrid».


    J. M. F.: ¿Crees que de haberte instalado dos décadas atrás en Barcelona en vez de en Madrid tu trayectoria musical habría sido la misma, o Madrid ha sido decisiva para tu éxito?


    J. S.: Yo creo que si hubiese estado en Barcelona habría escrito y habría cantado, pero Madrid ha sido absolutamente insustituible en la medida en que yo, que nunca tuve una casa ni una provincia y siempre he sentido, como sabes, bastante desprecio por el patriotismo y, sobre todo, por el patrioterismo y la nostalgia de la infancia, sentí que aquí, en Madrid, estaba en mi casa; que me habían hecho un hueco y que, como antes te decía, no me pedían el carnet ni me preguntaban el apellido ni cómo se llamaba mi padre ni cuánto dinero tenía. En Madrid se puede tener un amigo durante tres años sin saber su apellido o si vive en una casa de ricos o de pobres. Eso me deslumbró desde el primer momento."

lunes, 18 de febrero de 2019

UN CABARET DE LA RDA. DE VIAJE POR EUROPA DEL ESTE, de Gabriel Garcia Marquez

UN CABARET DE LA RDA. DE VIAJE POR EUROPA DEL ESTE, de Gabriel Garcia Marquez

    "Ocupamos una mesa cerca a la pista. Un mozo de frac, ceremonioso y de maneras equívocas, se entendió con Sergio en alemán. El ambiente estaba para opio pero pedimos cognac. Mientras tanto, Franco pasó al salón del fondo en busca de los servicios sanitarios. Cuando regresó a la mesa Sergio bailaba un swing con una muchacha de la mesa vecina. Yo empezaba a aburrirme.

    –Anda al sanitario, dijo Franco. Aquello es sensacional.

    Yo pasé el salón del fondo. Había tres puertas marcadas: W.C. En la puerta del centro, reservada a las operaciones mayores, estaba lo que debía ver: un taxímetro conectado a la cerradura. Una mujer instalada en un escritorio esperaba la salida del cliente. El taxímetro marcaba 30 pfennig. Cuando el cliente salió puso los 30 pfennig en el platillo del escritorio y agregó una propina para la mujer.

    Al regreso me di cuenta de que el salón del fondo se prolongaba hacia la derecha en una laberíntica mezcolanza de la Divina Comedia y Salvador Dalí. Hombres y mujeres postrados de la borrachera protagonizaban escenas de amor, lentas y sin imaginación. Era gente joven. Yo no había visto nada igual en Saint Germain-des-Pres donde el existencialismo es un dispositivo que se monta en verano para los turistas. Hay más autenticidad en los bares de Via Margutta, en Roma, pero con menos amargura. No era un burdel, pues la prostitución está prohibida y severamente castigada en los países socialistas. Era un establecimiento del estado. Pero desde un punto de vista social era algo peor que un burdel.

    Al extremo del laberinto, iluminado con candelabros entre cortinas negras, el amor continuaba en un bar reservado. Algunos hombres solos bebían cognac. Otros dormían con la cabeza apoyada en el bar. Yo ocupé un taburete y pedí un cognac. Franco llegó en el instante en que uno de los hombres golpeó contra el mostrador la copa empuñada. Se hizo añicos. El hombre ni siquiera se miró la mano ensangrentada. Indiferente a la furiosa parrafada que le soltó la encargada del bar, sacó un pañuelo y lo empuñó en la mano herida. Con la otra tiró sobre el mostrador un rollo de billetes, sin contarlos, sin pronunciar una palabra.

    –Qué horror, murmuró Franco. Nunca había visto gente tan desesperada.
    
    Yo no sentía horror. Sentía lástima..."

viernes, 15 de febrero de 2019

EL MAL FUSILAMIENTO DE MIGUEL GILA. Y ENTONCES NACÍ YO, de Miguel Gila

EL MAL FUSILAMIENTO DE MIGUEL GILA. Y ENTONCES NACÍ YO, de Miguel Gila

    "Los moros nos quitaron las cazadoras o los tabardos, la manta y las botas, luego nos ordenaron sentarnos en el suelo, bajo la lluvia. Una mujer, que tendría unos treinta años, salió de una casa gritando vivas a Franco, los moros llegaron hasta ella, la metieron en la casa y sus vivas a Franco se convirtieron en gritos desgarradores. Instantes después, los moros salían satisfechos, habían violado a la mujer y llevaban en las manos gallinas, botellas de vino y algunos objetos robados con el “ábrete Sésamo” de los vencedores de batallas. Dicen, o decían, nunca supe si esto era cierto o no, que los mandos de la división del general Yagüe, cuando sus tropas tomaban un pueblo les daban veinte minutos para apropiarse del botín que encontrasen en el lugar conquistado. Ni lo puedo asegurar ni lo puedo desmentir, me limito a contar lo que oí decir. Lo de la violación lo puedo afirmar porque los moros nos ordenaron que nos levantásemos y nos encerraron en la misma casa de aquella mujer que había gritado los vivas a Franco y que, aterrorizada y con sus ropas desgarradas, lloraba sentada sobre la cama en que los moros habían abusado de ella.

   En el corral de la casa había un pozo, pero el agua estaba estancada y verdosa. Con tres cantimploras en la mano, me acerqué al moro que vigilaba la entrada y le rogué que me dejara salir a buscar agua. El moro sin decir ni una palabra me golpeó con la culata de su fusil en una cadera. Fue un golpe dado con saña, que me produjo un dolor tremendo. Desistí de mi petición y volví de nuevo al corral de la casa. A los pocos instantes de haber recibido el golpe en el costado me brotó un hematoma de un color morado. Recordé la gangrena que había causado la muerte de mi padre por un golpe en el mismo lugar donde el moro me había golpeado y pensé que, tal vez, mi muerte iba a ser igual a la suya. Pensaba si el destino no me habría buscado la misma forma y la misma edad para morir. No le tenía miedo a la muerte. Estaba tan agotado, tan devorado por los piojos, por el hambre, el frío, el cansancio y la sed, que morir podía ser una liberación.

    Como la sed iba en aumento no tuvimos otra opción que beber agua del pozo, nos quitamos los cinturones, los unimos uno con otro y conseguimos que la cantimplora llegara hasta el fondo. Bebimos el agua y a los pocos minutos nos retorcíamos de dolores en el estómago. El dolor nos duró tan sólo un par de horas. Cuando estaba por anochecer, los moros nos sacaron de la casa y nos empujaron hasta un descampado a las afueras del pueblo. Ya nos habían despojado de la ropa de abrigo.


    Nos fusilaron al anochecer, nos fusilaron mal.

    El piquete de ejecución lo componían un grupo de moros con el estómago lleno de vino, la boca llena de gritos de júbilo y carcajadas, las manos apretando el cuello de las gallinas robadas con el ya mencionado “ábrete Sésamo” de los vencedores de batallas. El frío y la lluvia calaba los huesos. Y allí mismo, delante de un pequeño terraplén y sin la formalidad de un fusilamiento, sin esa voz de mando que grita: “¡Apunten! ¡Fuego!”, apretaron el gatillo de sus fusiles y caímos unos sobre otros.

    Catorce saltos grotescos en aquel frío atardecer del mes de diciembre. Las gallinas tuvieron poco tiempo para respirar, el que emplearon los del piquete de ejecución en apretar sus gatillos. Y sobre la tierra empapada por la lluvia nuestros cuerpos agotados de luchar día a día.

    Catorce madres esperando el regreso de catorce hijos. No hubo tiro de gracia. Por mi cara corría la sangre de aquellos hombres jóvenes, ya con el miedo y el cansancio absorbidos por la muerte. Por las manos de los moros corría la sangre de las gallinas que acababan de degollar. Hasta mis oídos llegaban las carcajadas de los verdugos mezcladas con el gemido apagado de uno de los hombres abatidos. Ellos, los verdugos, bañaban su garganta con vino, la mía estaba seca por el terror. No puedo calcular el tiempo que permanecí inmóvil. Los moros, después de asar y comerse las gallinas, se fueron. Estaba amaneciendo.

    La muerte en las guerras tiene mucho trabajo. La muerte en las guerras nunca tiene prisa. Se lleva a unos y deja a otros para más adelante. Me dejó a mí y dejó al cabo Villegas. De mí no se llevó nada, del cabo Villegas se llevó una pierna, la izquierda. Sangraba abundantemente, me arranqué una manga de la camisa y le hice con ella un torniquete a la altura del muslo.

    Me fue difícil cruzar el río, sucio y revuelto por las lluvias. Lo crucé con mi carga al hombro. El cabo Villegas no pesaba mucho y yo, con mis veinte años, era un muchacho fuerte, pero el terror del fusilamiento había aflojado mis piernas. Al otro lado del río quedaba un paisaje gris de llovizna, con sabor amargo de guerra y doce hombres jóvenes con la vida quebrada en el sueño de alcanzar el final de esa guerra, no importa si como vencedores o vencidos.

    El llanto por aquellos hombres jóvenes brotaría más tarde, cuando la espera de doce madres se hiciera dolor por la noticia. La muerte de las gallinas sólo se haría maldición en la boca de algún campesino.

    Conseguí llegar con el cabo Villegas sobre mis hombros hasta Hinojosa del Duque, ya en poder de los nacionales, fui hasta la parroquia y se lo entregué al cura. Pensé en huir hacia Portugal cruzando sierra Trapera, pero sabía que si alguien del ejército rojo entraba en tierras portuguesas, era entregado a las tropas de Franco. Así las cosas, tomé la determinación de buscar dentro de aquel desbarajuste algún vestigio de gente con vida. Llegué a Villanueva del Duque, vi una hoguera en el interior de una casa y entré. El miedo se había quedado atrás, en el lugar del fusilamiento. Entré sin importarme quiénes eran los que estaban alrededor del fuego, si rojos o nacionales, el hambre y el frío me habían dado el valor o me habían eliminado la cobardía, lo mismo da.

    Mi entrada y mi aspecto asombró a los que estaban alrededor del fuego. Ninguno echó mano a su fusil, mi cara demacrada y mis pies, que aunque me los había envuelto con trapos me sangraban, los desconcertó. Les dije que pertenecía al ejército rojo y que formaba parte de una columna de prisioneros que venía hacia el pueblo. Ellos, los de la hoguera, eran legionarios y odiaban a los moros. Uno de los legionarios al oírme hablar me preguntó si yo era de Madrid, le dije que sí, él también, y estuvimos charlando unos instantes. Me dejaron que secara mi ropa y mis pies, me dieron agua, una lata de carne, otra de sardinas, pan, tabaco, algunos tomates, una manta y unas alpargatas, después me dijeron que me fuese, para que si llegaba alguno de sus mandos no se vieran comprometidos. Así lo hice. Me senté a las afueras del pueblo y esperé la llegada de la columna de prisioneros en la que iban algunos de mis compañeros. Cuando llegaron donde estaba yo se llevaron una gran alegría al verme vivo. Me uní a ellos.

    En dos columnas, en fila, una a cada lado de la carretera caminábamos bajo la lluvia, vigilados por los moros desde sus caballos. Muchos de los prisioneros cargaban a sus espaldas sacos llenos de vainas vacías de los Mauser y si alguno, por debilidad, caía al suelo, los moros le disparaban y allí, en la cuneta de la carretera, amortajado por la lluvia, terminaba su sufrimiento.

jueves, 14 de febrero de 2019

26 DE NOVIEMBRE DE 1813. DIARIOS, de Lord Byron

26 DE NOVIEMBRE DE 1813. DIARIOS, de Lord Byron

    "He pensado mucho en los pesares de la separación, en lo poco que vemos a aquellos a quienes amamos y en los siglos que sin embargo vivimos por momentos, cuando estamos juntos"

miércoles, 13 de febrero de 2019

EL DINERO DE LOS ARTISTAS. SABINA EN CARNE VIVA, de J. Sabina y J. M. Flores

EL DINERO DE LOS ARTISTAS. SABINA EN CARNE VIVA, de J. Sabina y J. M. Flores 

    "...el dinero de los artistas, bien entendido, de los artistas creadores y no puestos en el mercado para vender; que pagan a sus músicos lo que éstos merecen, es un dinero purísimo porque no sale de la explotación del trabajo esclavo ni tampoco de una mina en la que hay materias primas y tú las transformas y las vendes. Es un dinero milagroso. Sale de la imaginación humana, del talento humano. La plusvalía no la pones tú, la ponen los marchantes. Tu única obligación es, primero, tratar a la gente que trabaja para ti como si fueran príncipes, que es lo que son, y, segundo, si te sobra dinero, emplearlo en causas nobles sin darle ni un cuarto ni dos ni tres al pregonero. Punto final. Lo importante era que a Marx se le olvidó eso. Es decir, Paul McCartney, que es uno de los mayores millonarios del mundo, ¿crees que ha explotado a alguien? Me parece que no. Marx no contaba con eso, y eso sucede. Lo cual hace que yo, francamente, me encrespe cuando oigo hablar del dinero mal habido y de que no hay fortuna sin explotación y sin sangre. Pues en el caso de los artistas, lo siento por ustedes, señores, no tenemos una materia prima ni unas minas, ni plantaciones ni esclavos ni obreros con salario mínimo, lo único que tenemos es que ponemos en circulación un producto absolutamente abstracto, que nace de la imaginación, y una gente que quiere oír eso y quiere comprarlo. Una gente a la que no se le pone puñales en el cuello, ¡nunca!, ni para comprar un disco ni para ir aún concierto."

martes, 12 de febrero de 2019

OTROS VALORES POLITICOS. HAVEL, de Michael Zantovsky

OTROS VALORES POLITICOS. HAVEL, de Michael Zantovsky

    "...todo ese complejo estático de los partidos políticos de masas, esclerotizados, llenos de verborrea y cuya finalidad política acaba en ellos mismos, que dominan con su aparato de profesionales y que vacían a los ciudadanos de cualquier responsabilidad concreta y personal..., difícilmente puede ser considerado como la vía futura que llevara al individuo a reencontrarse a si mismo", tal ves se nos antoja más cierto hoy que hace 35 años. Puede que su llamamiento a su "rehabilitación de valores como la confianza, las sinceridad, la responsabilidad, la solidaridad y el amor" como motores principales de la acción política suene un tanto ingenuo, por muy deseable que sea en esta época de desconfianza, inseguridad, irresponsabilidad, hostilidad y frustacion. Su argumento, con mucho sentido común, de que "la autoridad de los dirigentes debiera brotar de su personalidad", tras haber sido sometida a prueba en su entorno en particular "y no de su posición en la escala jerárquica" difícilmente puede traducirse en una reivindicación de unos "lideres carismáticos y poderosos"

LOS ALEMANES Y EL HOLOCAUSTO. DE VIAJE POR EUROPA DEL ESTE, de Gabriel Garcia Marquez

LOS ALEMANES Y EL HOLOCAUSTO. DE VIAJE POR EUROPA DEL ESTE, de Gabriel Garcia Marquez

    "Es una actitud clásica de los alemanes. Los comentarios sobre las atrocidades del nazismo les resbalan por el pellejo sin erizarlos y se puede decir delante de ellos lo que se quiera que no se alteran ni disculpan. En Budapest yo había de ver a un alemán en el momento en que un húngaro explicaba la inutilidad estratégica, la mala fe con que los nazis dinamitaron el puente Elizabeth, sobre el Danubio, considerado como el mejor de Europa. Alguien cometió la insensatez de preguntarle al alemán que opinaba de eso. El respondió secamente: "Me parece deplorable". En el campo de concentración de Buchenwald, el guía alemán nos dijo: "Nuestra desgracia es que somos científicos inclusive para organizar una matanza". En Alemania, cada vez que tenía algo que ver con ese pueblo extraordinariamente cordial, alegre, camarada, de una hospitalidad comparable apenas a la de España y una generosidad comparable apenas a la de la Unión Soviética, yo me rompía la cabeza sin poder entender los campos de concentración. En los campos de concentración me rompía la cabeza sin poder entender a los alemanes."



lunes, 11 de febrero de 2019

SEDENTARIOS. VIAJE A PIE VII, de Julio Villar

SEDENTARIOS. VIAJE A PIE VII, de Julio Villar

    "Me maravilla la gente que no se ha movido de su tierra, de sus montes cercanos, o de la barra del bar de la esquina. Me gusta encontrarlos en su sitio. No sé si los admiro, si los envidio, o si me dan un poco de tristeza. El pastor en su borda, el ferretero en su tienda  de siempre, detrás de su mostrador de madera, rodeado de cajones de pestillos, clavos, bisagras... ¡qué sería del mundo si no estuvieran allá!... yo no iría a ningún sitio si supiera que no me los iba a encontrar".